Sabe que suelo llegar temprano a la oficina (antes que los
demás. Soy el que enciende las luches, el servidor informático, el aire frio o
caliente, dependiendo de la estación, y el que, a veces, aún dispone de un par
de minutos para regar la maceta que hay sobre la mesa de mi compañera. Se la
regaló su novio, pero ella es tan corta –de seso- que cree que las plantas de
interior se bastan para sobrevivir con la humedad ambiental. Es lo que le dije
en cierta ocasión para tomarle el pelo, y vive dios que no hay nadie que pueda
convencerla de que no es así. “¿Pues es que no lo ves, listo? Llevo tres meses
sin echarle ni una gota de agua y mírala, tiene mejor aspecto que el primer
día&rdquo
.
O sea, me estaba
esperando (el tipo que ojeaba el resguardo del cajero junto a la puerta de mi
oficina). No obstante, se hace el encontradizo (“Aquí, repasando los
movimientos. A ver si le echáis tinta. Mira, ¿tú crees que alguien pueda leer
esto?&rdquo
. Quiere que todo fluya de manera natural, como si no pasara nada, como
si no le inquietara ningún regomeyo, como si no fuese él quien hubiera dado el
primer paso, después de haber transcurrido toda la noche en blanco, sin pegar
ojo, concomido por los roedores del desasosiego. Siempre ha presumido de
hallarse por encima de las circunstancias, de mostrarse inasequible a los
pequeños o grandes temores que sí parecen hacer mella en el resto de la gente (“¿Que
no llueve? -es agricultor- ¿Y qué?
¿Acaso voy yo a conseguir que cambie el tiempo preocupándome?&rdquo
. Él por el contrario, nunca cede. Jamás
manifiesta el menor signo de debilidad. Le gusta jactarse de poseer un presunto
carácter impasible que le hace observar la realidad como si estuviese protegido
de ella tras una gruesa lámina de cristal a prueba de bombas, o de catástrofes
medioambientales, o de crisis familiares, o de cataclismos económicos (Ah, se
trata de esto. Ayer noche volvieron a soliviantar los telediarios a los ingenuos
espectadores, los cuales le otorgan tanto crédito a sus mensajes como los
fieles creyentes de cualquier religión a las palabras que salen de la boca de
su Santo Padre).
Soy yo el que decide abordar el problema. Me apiado de su repentina fragilidad, de sus ojos enrojecidos por la falta de sueño y de una suerte de agitación nerviosa que se esfuerza por disimular.
─Te invito a un café.
La cafetería está cerca, al doblar la esquina. Somos los primeros clientes de la mañana. Aprovechando que la camarera se ha metido en la cocina, Pedro (así se llama) se acerca a mí hasta casi rozarme con su nariz y me espeta con voz queda.
─Vengo a sacar parte del dinero que tengo con vosotros.
─Pero si ya ha pasado lo peor ─le digo con una sonrisa tranquilizadora.
─De todas formas me voy a llevar algo ─me insiste.
Presiento que ya ha tomado su decisión y que esta no va a cambiar sea cuales sean los argumentos que yo utilice para disuadirlo.
─Pedro, vamos a ver. Yo entiendo que tú y el resto de gente que tenéis algún dinero en los bancos estéis preocupados con la situación. Pero, primero, las entidades financieras no van a quebrar. Ahí está el Estado para salir al rescate de las mismas, igual que están haciendo en los demás países. Y, segundo, en el supuesto bastante improbable de que eso ocurra, existe un fondo de garantía que, en tu caso, te cubriría totalmente los ahorros que tienes con nosotros.
─Sí, de acuerdo. Todo eso está muy bien, pero que ahora después vuelvo con mi mujer, cuando hayáis abierto, y me das un cheque con lo que hay en una de las cuentas.
─Es decir, tú comprendes todo lo que te estoy diciendo, e incluso sabes por ti mismo que eso es así. Sin embargo…
No me deja terminar la frase.
─Me lo llevo.
─Como quieras, Pedro.
No hay nada más que hablar. Los billetes son tuyos y puedes hacer con ellos lo
que quieras. Yo he intentado transmitirte razonamientos objetivos, pero ya sé
que es muy difícil combatir el miedo cuando se trata del dinero y la
posibilidad de perderlo. Tú sabes que eso no va a ocurrir. Es más, te sientes
incómodo dando pábulo a un sentimiento
al que tu buen juicio considera como erróneo y del que casi se avergüenza. Así que, por mucho que yo siga señalándote
para que mires el cielo y veas que hoy está totalmente raso (observación
ratificada por cualquier otro a quien le preguntáramos, además de haberlo así
pronosticado las predicciones meteorológicas para toda esta semana), sólo
manipulando con mis dedos dentro de tus sesos podría hacerte ver lo equivocado
y absurdo de tu postura cuando me pides (a pesar de la certitud incuestionable
de los datos que se manejan) que te de uno de esos paraguas de regalo que
tenemos para los clientes (“Pedro, que hoy no va a llover. Cómo quieres que te
lo diga. Es imposible de todas todas” “Bueno, pero tú dámelo, por si acaso&rdquo
.
─Amigo Pedro, yo te tenía por un tipo sensato y razonable, aparte de inteligente…
─Y sigo siéndolo ─me responde muy ufano─. Esta es la mejor prueba de ello.
Tags: dinero razón miedo