lunes, 15 de diciembre de 2008

Sabe que suelo llegar temprano a la oficina (antes que los demás. Soy el que enciende las luches, el servidor informático, el aire frio o caliente, dependiendo de la estación, y el que, a veces, aún dispone de un par de minutos para regar la maceta que hay sobre la mesa de mi compañera. Se la regaló su novio, pero ella es tan corta –de seso- que cree que las plantas de interior se bastan para sobrevivir con la humedad ambiental. Es lo que le dije en cierta ocasión para tomarle el pelo, y vive dios que no hay nadie que pueda convencerla de que no es así. “¿Pues es que no lo ves, listo? Llevo tres meses sin echarle ni una gota de agua y mírala, tiene mejor aspecto que el primer día&rdquoGuiño.

 O sea, me estaba esperando (el tipo que ojeaba el resguardo del cajero junto a la puerta de mi oficina). No obstante, se hace el encontradizo (“Aquí, repasando los movimientos. A ver si le echáis tinta. Mira, ¿tú crees que alguien pueda leer esto?&rdquoGuiño. Quiere que todo fluya de manera natural, como si no pasara nada, como si no le inquietara ningún regomeyo, como si no fuese él quien hubiera dado el primer paso, después de haber transcurrido toda la noche en blanco, sin pegar ojo, concomido por los roedores del desasosiego. Siempre ha presumido de hallarse por encima de las circunstancias, de mostrarse inasequible a los pequeños o grandes temores que sí parecen hacer mella en el resto de la gente (“¿Que no llueve?  -es agricultor- ¿Y qué? ¿Acaso voy yo a conseguir que cambie el tiempo preocupándome?&rdquoGuiño. Él  por el contrario, nunca cede. Jamás manifiesta el menor signo de debilidad. Le gusta jactarse de poseer un presunto carácter impasible que le hace observar la realidad como si estuviese protegido de ella tras una gruesa lámina de cristal a prueba de bombas, o de catástrofes medioambientales, o de crisis familiares, o de cataclismos económicos (Ah, se trata de esto. Ayer noche volvieron a soliviantar los telediarios a los ingenuos espectadores, los cuales le otorgan tanto crédito a sus mensajes como los fieles creyentes de cualquier religión a las palabras que salen de la boca de su Santo Padre).

Soy yo el que decide abordar el problema.  Me apiado de su repentina fragilidad, de sus ojos enrojecidos por la falta de sueño y de una suerte de agitación nerviosa que se esfuerza por disimular.

                Te invito a un café.

La cafetería está cerca, al doblar la esquina. Somos los primeros clientes de la mañana. Aprovechando que la camarera se ha metido en la cocina, Pedro (así se llama) se acerca a mí hasta casi rozarme con su nariz y me espeta con voz queda.

                Vengo a sacar parte del dinero que tengo con vosotros.

                Pero si ya ha pasado lo peor le digo con una sonrisa tranquilizadora.

                De todas formas me voy a llevar algo me insiste.

                Presiento que ya ha tomado su decisión y que esta no va a cambiar sea cuales sean los argumentos que yo utilice para disuadirlo.

                Pedro, vamos a ver. Yo entiendo que tú y el resto de gente que tenéis algún dinero en los bancos estéis preocupados con la situación. Pero, primero, las entidades financieras no van a quebrar. Ahí está el Estado para salir al rescate de las mismas, igual que están haciendo en los demás países. Y, segundo, en el supuesto bastante improbable de que eso ocurra, existe un fondo de garantía que, en tu caso, te cubriría totalmente los ahorros que tienes con nosotros.

                Sí, de acuerdo. Todo eso está muy bien, pero que ahora después vuelvo con mi mujer, cuando hayáis abierto, y me das un cheque con lo que hay en una de las cuentas.

                Es decir, tú comprendes todo lo que te estoy diciendo, e incluso sabes por ti mismo que eso es así. Sin embargo…

                No me deja terminar la frase.

                Me lo llevo.

                Como quieras, Pedro. No hay nada más que hablar. Los billetes son tuyos y puedes hacer con ellos lo que quieras. Yo he intentado transmitirte razonamientos objetivos, pero ya sé que es muy difícil combatir el miedo cuando se trata del dinero y la posibilidad de perderlo. Tú sabes que eso no va a ocurrir. Es más, te sientes incómodo dando pábulo a  un sentimiento al que tu buen juicio considera como erróneo y del que casi se avergüenza.  Así que, por mucho que yo siga señalándote para que mires el cielo y veas que hoy está totalmente raso (observación ratificada por cualquier otro a quien le preguntáramos, además de haberlo así pronosticado las predicciones meteorológicas para toda esta semana), sólo manipulando con mis dedos dentro de tus sesos podría hacerte ver lo equivocado y absurdo de tu postura cuando me pides (a pesar de la certitud incuestionable de los datos que se manejan) que te de uno de esos paraguas de regalo que tenemos para los clientes (“Pedro, que hoy no va a llover. Cómo quieres que te lo diga. Es imposible de todas todas” “Bueno, pero tú dámelo, por si acaso&rdquoGuiño.

Amigo Pedro, yo te tenía por un tipo sensato y razonable, aparte de inteligente…

                Y sigo siéndolo me responde muy ufano. Esta es la mejor prueba de ello.


Tags: dinero razón miedo

Publicado por Desconocido @ 18:44
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