lunes, 29 de diciembre de 2008
Va a cumplirse un mes desde que el Gobierno anunció a bombo y platillo (eficiencia en su gestión no tendrán demasiada, pero habilidad para publicitar sus mensajes, aunque sean falsos&hellipGuiño su ambicioso plan para inyectar liquidez al sector financiero. Se intentaba con ello aliviar en parte el estrangulamiento del crédito que se había experimentado en las entidades bancarias al no fluir entre ellas el dinero con tanta facilidad como lo hacía antes de la crisis (epicentro localizado en los USA). Los más ingenuos (casi toda la ciudadanía, para qué engañarnos) se frotaban las manos al día siguiente de la noticia, felicitándose del remedio, siquiera parcial, que iba a mitigar sus estrecheces financieras y, en consecuencia, a insuflar combustible en al aparato circulatorio del mundo empresarial. De nuevo, se decían, los bancos volverán a prestarnos para que nosotros sigamos invirtiendo y creando riqueza y empleo (el dinero representa para el mercado lo mismo que la energía para una máquina. Si ambos dejan de suministrarse regularmente, los engranajes de la maquinaria cesan en su funcionamiento y las relaciones económicas se paralizan).

Sin embargo, los que trabajamos en el sector y disponemos de alguna información interna (hemos escuchado cierto ruido de tripas que, inmediatamente, hemos asociado con la terapia de ayuno impuesta por nuestros gerentes), aparte de mucha curiosidad informativa y un pequeño añadido de sagacidad personal, jamás le concedimos ninguna credibilidad a las medidas gubernamentales (una y otra vez estos mienten como bellacos. Pero lo malo no es eso. Lo malo no es que uno trate de engañarte. Lo definitivamente perverso es que tú te tragues sus patrañas, una y otra vez, con la misma pasmosa facilidad con la que respiras).

Un pequeño caso fabulado será todavía más gráfico que mis palabras. Imaginemos una familia que regentaba un horno de pan en un pequeño pueblo perdido entre los montes. Para montar su negocio han precisado principalmente de financiación ajena (el banco y sus créditos). Tras su apertura, surten con sus productos a toda la población (antes abastecida penosamente por vendedores ambulantes que acudían una o dos veces por semana), cumpliendo de manera puntual con las obligaciones contraídas con la entidad financiera. Sin embargo, tras la caída fulminante de las ventas, provocada por una recesión económica imprevista (en estos escenarios de disminución de la actividad productiva y mercantilista, lo primero que se contrae es el consumo de aquellos productos que no resultan básicos. Las mayores ganancias de esta familia provenían de la pastelería), se han encontrado con dificultades para continuar amortizando su préstamo. Se ven apurados y casi todos los recursos que generan los destinan al pago de su deuda, lo cual les ha llevado a aminorar de manera progresiva las compras que realizan a sus proveedores. Este desequilibrio ha significado un decremento de la producción y de la venta (el círculo de generación de dinero se irá estrechando de manera creciente hasta la asfixia total y el cese de su actividad empresarial). Está claro que esta familia necesita ayuda, la aplicación urgente de un plan de salvamento. Tienen impagadas varias cuotas del crédito y el banco no deja de apremiarla para que regularice su deuda. Por otra parte, el pueblo anda bastante soliviantado a causa de que no hornean el suficiente pan para todos (los vendedores ambulantes dejaron de visitarlos).

Pues bien, supongamos que, en aras de un justificable y comprensible interés común, la administración pública decide intervenir para solventar, siquiera paliativamente, esta mala situación económica, que ha desembocado en una crisis alimentaria, y auxilia al panadero con una subvención (la devolverá cuando pueda) para que incremente su producción de pan y se calme el descontento de la población. Ahora viene la pregunta ¿De verdad alguien cree que la finalidad del dinero entregado será la estipulada en el acuerdo de concesión o, por el contrario, el empresario la destinará en parte a saldar sus impagos y a aprovisionarse con el sobrante de un colchón con el que proseguir afrontando el calendario de pagos al banco en un futuro inmediato, antes que emplearlo en adquirir más harina con la que cocer más pan?

Exactamente en idéntica coyuntura se hallan nuestros bancos nacionales, requeridos por sus homólogos extranjeros para que les devuelvan en la fecha del vencimiento los capitales prestados en abundancia años atrás (se han negado tajantemente a una refinanciación de la deuda). Así que si alguien quiere más pan (más crédito en este caso, más dinero con el que lubricar y vivificar las depauperadas y macilentas y resequidas cañerías del mercado) va a tener que buscarlo en otro sitio. Desde luego que no en los bancos.

Tags: liquidez, esperanza, deuda, fraude

Publicado por Desconocido @ 19:34
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