Diario de un chupatintas de banca

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La vida vista desde la primera línea de una sucursal bancaria. Dimes y diretes. Fauna humana. Anécdotas.
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sábado, 03 de enero de 2009
Esta mañana mi compañera me ha sorprendido mientras le echaba agua a su maceta con el balde que utiliza la limpiadora para adecentar el suelo. A primera vista, el asunto no parece que pueda tener la menor trascendencia. Pero no ha sido así. Trini se ha enfadado (y mucho).  No porque el recipiente que yo estaba empleando resultara inadecuado (está sucio y churretoso de verdad), ni porque, estorbado por sus anchas hojas y mi prisa por hacerlo, haya derramado algo de agua sobre su mesa, manchándole algunos papeles de trabajo. No. No ha sido por nada de eso (cosa que entendería). Su enfado obedece a otra circunstancia (absurda, me dirán. Pues síGuiño. Nada más cruzar la puerta de entrada (ella se sienta en el primer puesto), ha corrido como una histérica y me ha arrancado el cubo de las manos.
    ─¿Pero qué haces, estúpido?
Me mira con sus ojillos miopes como si acabara de sorprenderme cometiendo un error mayúsculo, o como si anduviera comportándome con total ausencia de juicio.
    ─¿Qué quieres, matármela?
Yo, confuso ante su repentina reacción, tardo varios segundos en discernir y aceptar mentalmente que sólo estaba haciendo lo correcto. En un primer instante me dejo aturullar por su actitud recriminatoria (consigue hacer que me sienta mal y que casi le pida perdón. ¿Pero por qué?)
    ─Oye, tranqui, que sólo estaba regándola.
    ─¿Y te parece poco? ─me insiste─. ¿Acaso no sabes que estas plantas no necesitan agua, que sólo precisan de la humedad ambiental para mantenerse?
    ─Qué puesta estás en plantas ─le digo con cierta sorna, ya repuesto de la sorpresa inicial─. ¿Y dónde has aprendido tanto?
    ─Qué más da. Lo he escuchado en algún sitio y basta.
    ─Pues esa memez te la he dicho yo ¿vale guapa? Y en plan de broma, por si todavía no te has dado cuenta.
Trini frunce el ceño y parece recapacitar a toda la velocidad de la que es capaz su lento motor de comprensión interna. Hay algo que no cuadra en su magín (o puede que sea verdaderamente ahora cuando empiece a hacerlo. Tres meses sin una sola gota de agua se le antoja una enormidad de tiempo para una maceta con unas hojas tan grandes y lustrosas).
    ─¿Y entonces por qué no se ha secado desde que me la regalaron?
    ─Sencillamente, porque yo me ocupo de regarla un par de veces por semana.
    ─Eres un idiota ─es lo único que acierta a contestarme, encasquillada como se ha quedado por mi revelación─. ¿Por qué me tomas el pelo de esa forma?
    ─Porque tú me lo pones muy fácil, nena.
No debería haberle dicho esto último. Ella no es precisamente una lumbrera, pero posee las entendederas suficientes para captar el significado exacto que se oculta tras la frase. Por la expresión airada que toma su rostro, intuyo que debo alejarme rápidamente de su presencia (acto seguido ella me persigue con el cubo para arrojarme encima el agua que aún queda en su interior).    
─¡Gilipollas¡ ─chilla furiosa.
    ─Tonta ─le respondo, parapetado tras la pared acristalada del despacho del director.

Tags: estupidez


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