Mi?rcoles, 11 de febrero de 2009
Mi compañero de caja (Benito, Beni) es un auténtico desastre. Desaliñado, bocazas, poco sutil en el trato y, en cuanto a su eficiencia en el trabajo (lo más importante para todos: empresa, clientela y quienes lo sufrimos durante siete horas al día), una completa calamidad. Uno de sus hábitos más nefastos consiste en llegar tarde con demasiada frecuencia, lo cual ocasiona inevitablemente una serie de trastornos en lo que debiera ser el normal y correcto desenvolvimiento de la oficina (es quien se ocupa de abrir la caja fuerte y de recargar de billetes los cajeros automáticos). Dado el poco margen de tiempo con el que contamos para preparar la apertura (apenas media hora), son muy raras las mañanas en que todo está dispuesto para que la puerta se abra en el horario establecido. A fuerza de repetirse, este comportamiento se ha convertido en costumbre (casi una norma. A poco que saques el tema a colación, él y algún otro te responden con una impertinencia). La gente que aguarda en la acera, mientras tanto, se remueve impaciente ante la puerta, dirigiéndonos gestos ostensibles acerca de nuestra falta de puntualidad  (yo he optado desde hace un año por irme a desayunar nada más hacer acto de presencia en la oficina. Cuando vuelvo, la puerta ya está abierta y los ánimos algo más apaciguados entre los clientes).

Esto es lo que acontece casi todos los días, nada más comenzar la faena. Sin embargo, aquí no termina el asunto. Luego nos queda por delante toda una larga jornada de inoperancia y de despropósitos, de continuas protestas y de ambiente enrarecido entre el público (es decir, pura armonía). Y todo a causa de su insufrible terquedad (y de su estulticia, fundamentalmente).  Efectuando las operaciones normales de Caja (las más fáciles de una sucursal bancaria, por otra parte. Es el primer puesto al que están destinados los primerizos), Beni es lento y tozudo como una mula vieja (sólo nos faltaría atizarle una par de puntapiés en los ijares para que la comparación fuera completa). Le hemos tratado de enseñar por activa y por pasiva el mejor método con el que desempeñar su trabajo, pero él sigue emperrado en contar los billetes que le ingresan con las manos (encima parece que sus dedos fueran tan hábiles en este menester como dos aletas de pescado). También le insistimos en que existen otros modos más provechosos de organizarse y priorizar sus tareas, pero él (feliz en su desorden lo mismo que un gorrino en su lecho fangoso) hace caso omiso de todas nuestras sugerencias y no desiste de colocar los papeles de trabajo en el primer lugar que a él le acomoda (luego viene el problema de encontrarlos).

En fin, otro día os seguiré hablando de sus constantes estropicios (entrando en la jugosidad del detalle)  y de la imagen un tanto grotesca y jocosa que nuestra sucursal ha tomado dentro de la localidad. Somos conscientes, no obstante, de que muchas de las personas que nos visitan a diario sólo lo hacen atraídas por la posibilidad de presenciar en directo alguno de sus celebrados y estrambóticos episodios (ya, ya veréis).

Tags: cabezón, estropicio, desastre, desorden, incompetencia

Publicado por xandeus @ 18:59
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