Viernes, 05 de diciembre de 2008
Esta debería haber sido la primera entrada que abriera este diario, pero por razones de actualidad… debido a la urgencia del presente… a la angustiosa incertidumbre de estos días aciagos… Sin embargo, nunca es demasiado tarde para remontar el camino que nos lleve de nuevo hasta el principio. Comienzo y final. Quizá si empezáramos otra vez (sea lo que sea aquello que abordemos), acaso no llegaríamos nunca al mismo sitio desde el que habíamos iniciado el retroceso en busca de algo incierto.

A lo que íbamos (dejemos la especulación filosófica para otro día). Chupatintas, palabra de sabor añejo. Me preguntabas, amigo Bob (USA Nation), qué significado tiene este vocablo en mi lengua. Seguramente que a ti te ha venido a la cabeza la imagen de alguien degenerado que encuentra un placer morboso en lamer ciertas sustancias coloreadas, o (lo más probable) el slogan publicitario de un ultranovedoso detergente. Pues no. Acá, a este otro lado del océano, con esta expresión queremos decir otras cosas. Lo académico nos dice que se trata de un oficinista de poca importancia. Es decir, un pobre escribiente que ocupa la categoría más irrelevante dentro del escalafón y sobre el que cualquier otro obrero del mercado de los oficios parece poseer el derecho a menospreciarlo. (Bah, es un chupatintas. O lo que es lo mismo, un mierdecilla, alguien poco menos que un gurrumino laboral y que no vale para otra cosa de más nervio o de más altura). Pues bien, ese soy yo (¿sorprendido?). Qué le vamos a hacer. Acaso no sirva para nada más.

Hasta esta misma mañana era un concepto casi perdido del vocabulario y con el que, por tanto, ya casi nadie se identificaba. Los manguitos y los vetustos plumines chorreantes del temido líquido cayeron tras la irrupción del bolígrafo y su impoluta escribanía, y este, a su vez, ha desaparecido de nuestras manos para ceder su puesto al todavía más aséptico teclado de un ordenador. Aquí es donde la historia toma una inflexión, un giro radical que ha transformado nuestra naturaleza lastimosa y nos ha hecho ascender unos cuantos grados en la escala de valoración social. Saber enviar un @mail o procesar un texto, con sus negritas y sus subrayados en cursiva, ha conseguido abrirnos un pequeño hueco de admiración y de respeto entre la gente de la calle. La informática, como cualquier otra facultad extraordinaria propia de un superhéroe de cómic, nos ha elevado por encima de la mísera condición de vulgares peones que antes ocupábamos. La pantalla del monitor tras la que nos parapetamos es una especie de scanner o lente radiográfica que nos permite hurgar con impudicia en la vida de los clientes que se sientan al otro lado. Ellos, desde su posición, sólo ven un marco opaco del que sobresalen cables y un resplandor nebuloso que se refleja en la cara del empleado que lo atiende. Este último, en cambio, con cada pulsación que perpetra sobre las teclas, parece adentrarse un poco más en la sagrada intimidad de quien tan sólo lo ha requerido para consultarle una nadería acerca de su cuenta. ¿Qué queda, pues, de aquella imagen despectiva y degradante de nuestros ancestros en el duro oficio del administrativo?

Hasta esta misma mañana, como decía antes, yo creía que nada. Es más, mi trato con la clientela solía ser un tanto insolente y engreído, salpicado de ciertas formas que, sin resultar ofensivas, venían a considerarla desde la misma superioridad con la que un médico percibe a sus pacientes mientras explora sus partes íntimas. Sin embargo, una mujer cachigorda (y algo oligofrénica, para más inri), sin proponérselo, me ha devuelto otra vez a mis humildes orígenes de babosa chupatintas.

Verás. La mañana estaba siendo tranquila. Yo aprovecho para esponjar de tinta violácea la almohadilla del tampón. Conociendo el peligro que encierra mi propósito, limpio la mesa de obstáculos, extiendo varios folios ante mí, los sujeto en sus extremos para evitar el menor imprevisto, me remango la camisa y, finalmente, abro el bote y, con un cuidado extremo (propio de un oficiante de laboratorio), empiezo a untar de tinta el reseco almohadillado de la cajita metálica con ayuda del pincel prendido en el tapón.

Todo perfecto. La pulcritud es total. Lo hago despacio, con suma atención, vigilando todos mis movimientos. Vamos, como si yo fuera un cirujano, bisturí en mano, inclinado sobre el cuerpo de un enfermo y bajo los gruesos focos de un quirófano. Hete aquí, no obstante, que cuando me hallaba a punto de terminar, de pronto siento una respiración sofocada que se precipita sobre mi mesa. Es Dionisia, una de las tontas del pueblo. Viene casi todos los días a la oficina. A veces, hasta en varias ocasiones a lo largo de la misma jornada, aparte de llamar por teléfono otras tantas. Siempre pregunta por lo mismo: si le han llegado a su libreta unos dineros que espera (lleva haciéndolo un año). Hoy tampoco se ha acordado de ella su enigmático benefactor. Pero eso ya lo sabía. Se lo habíamos dicho antes por tres veces y con tres tonos distintos. Y justo ese tenía que ser el momento en que acudiera a preguntarlo por cuarta vez. Cuando yo trajinaba con el tintero y el tampón.

Impulsada por la prisa y su escaso chirumen, ha soltado todas las bolsas que traía del supermercado sobre mi mesa con tal ímpetu, que una de ellas ha conseguido volcar el pequeño tarro de tinta abierto, arrojándolo después sobre mis pantalones. Al intentar agarrarlo con un movimiento instintivo, me he pringado las dos manos, parte de la camisa (blanca) y uno de los zapatos de ante (beige). La tonta, mientras tanto, en lugar de apiadarse de mí, le ha dado por reírse, atrayendo de inmediato la atención de los tres o cuatro clientes que permanecían ante la ventanilla de Caja y del resto de mis compañeros. (¡Condenada estúpida¡ Ja, ja, ja,ja… Estúpida, sí, pero era yo el objeto de sus risas y era yo, también, el que en ese preciso instante lucía en mi rostro una expresión de absoluto alelamiento) (¡Chupa, chupa…TINTAS¡. No. No estaba cantándome. Sólo me faltaría eso. Aunque en mis oídos atronaron algo parecido a unas estrofas con soniquete zumbón y mortificador).

Rápidamente he intentado limpiarme con un pegote de pañuelos de papel, pero eso sólo ha logrado extender aún más las manchas. Para colmo de mis males, la Dioni (carnes fofas, manos sudorosas y un tupido hedor a ajo), tras calmar su regocijo y secar las lágrimas que le habían reventado a causa de la satisfacción, ha tenido la desgraciada ocurrencia de agarrar de su bolso un trozo de tela (a saber para qué fines la utilizaba) y frotarme con ella uno de los lamparones. ¡Dios¡ no sé si me han dolido más los comentarios compasivos de la gente o sentirme en ese trance aún más innoble y despreciable que una cucaracha (vaya con el superhéroe). Y, de nuevo, aquella imagen en desuso, que todavía algunos recuerdan de mi profesión, ha vuelto a contundir contra mi conciencia con toda su lesiva carga de vacuidad y de escarnio. Aunque a partir de ahora, y a juzgar por la ingente ración de microlitros de tinta absorbida por mi piel, más que chupatintas tendrán que pasar a llamarme cagatintas.

Tags: tinta, mancha, risa, bochorno

Publicado por xandeus @ 19:28
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