Mi?rcoles, 10 de diciembre de 2008
Si alguien comparara nuestros humores (malos o buenos) con la permanente variabilidad de una columna de mercurio anclada junto a su escala de mediciones, seguro que nos lo tomábamos a coña (¿qué dices tú? ¿Algo tan complejo como la disposición anímica del ser humano dejada al albur de simplicísimas y primitivas interferencias ambientales? ¿Estás de guasa o qué? El hombre: ese animal inteligente)

Nadie está dispuesto a admitir que el temple de las personas (sumos protagonistas de cualquiera de los infinitos actos en los que está escrita esta creación) pueda ser maleado por algo tan elemental como una sencilla variación de la temperatura. Aceptar tal aserto sería tanto como admitir que no disponemos de ningún margen de maniobra para encarrilar nuestras vidas, o lo mismo que reconocer la debilidad congénita de nuestro principal órgano evolutivo: la voluntad (ese recio músculo capaz de sacarnos de los mayores atolladeros).

Pero no, no se trata del calor o del frío (al menos, en nuestro oficio no lo padecemos). El ánimo de la gente (los gávilos, la entereza mental, la jovialidad o la actitud deprimida y desalentada) penden de un hilo todavía más fino que aquel que, cuando menos, percute con fuerza sobre nuestra epidermis. Las variaciones térmicas constituyen un principio fundamental de la física. Las sentimos, existen a nuestro alrededor como algo tangible, podemos combatirlas, ignorarlas incluso, aunque permanezcan ahí, siempre, junto a nosotros, mudas e inmóviles como como una hilera de figuras surgidas del vacío.  Sin embargo, ¿cómo se puede afirmar (sin sentir por ello una honda vergüenza) que de algo tan evanescente y falto de sustancia como son los días de la semana (sí, no es broma, los impasibles e inocuos días en torno a los cuales se escalonan las horas) pueda depender el vaivén caprichoso de nuestra felicidad?...

Sabía con qué caras me iba a encontrar esta mañana. Bueno, ayer. Voy un poco atrasado (por pudicia ajena apenas las miro en las primeras horas. Sería como recrearse espiando la verruga purulenta que alguien padeciese en su pómulo, o los remiendos de otro que hubiesen quedado inopinadamente al descubierto). Lo sabía. Si ya cualquier lunes parecen todas ellas sombrías y silenciosas como asaeteadas por un dolor de muelas, hoy, después de tres largas jornadas de festividad, su aspecto era todavía más lastimoso.

Yo, en cambio, irrumpo con la impetuosidad de una aeronave que acabara de aterrizar, procedente de otra galaxia (entro silbando la melodía que atrona en mis oídos a través del MP3). Rezumo entusiasmo y frescura (para más inri, la felicidad ajena acrecienta la desdicha propia. Pero no lo hago adrede), y, quizá como remedio que purgue sus ademanes mohínos, me pongo a incordiarlos de manera incruenta.

    -Vaya caretos con los que nos hemos levantado hoy, chicos.
    -Mierda de lunes -bufa Beni, mientras arroja su pesado gabán contra una silla.
    -Martes, querrás decir -le hago saber.
    -Pues mierda de martes -vuelve a gruñir-. Y de miércoles y de jueves... Mierda para toda la semana... menos San Viernes.

Los demás compañeros no dicen nada, hundidos como andan en su bajonazo emocional (me dan pena. No por la tristeza que afligue sus semblantes, sino por el motivo pueril de la misma). Sólo un suceso intempestivo podría rescatarlos de ese negro pozo, tal como un apagón irreparable que nos eche a la calle, o el aviso de una paga extra con la que no contábamos. Pero ninguna de esas dos contigencias se produce. Yo, antes de irme a desayunar, les suelto otra puya (envuelta en fina ironía, como siempre. Tampoco disfruto haciendo sangre).

    -O sea, que tu estado de ánimo viene marcado por el día de la semana en que te encuentres.
    -Está claro que sí  -responde-. Como todo el mundo.
    -Como todo el mundo, como todo el mundo... -repito imitando su voz bronca-. Pues vaya consuelo. Vamos a ver ¿Cómo un tiarrón tan corpulento y testarudo consiente en que su bienestar sea tan volátil e inconstante como los cangilones que llenan y vacían de agua una noria? Ahora es viernes (arriba, ufano, pletórico de chispa), ahora es lunes (abajo, exangüe y sin una brizna de entusiasmo). ¿Acaso tú no decides nada? ¿No sería preferible romper ese círculo vicioso y dejar que sea tu voluntad (tu propio yo y no los días de la semana o ciertas fechas del año) la que determine cómo quiere sentirse, si exultante o melancólica?... A esto, y no a otras cosas, es a lo que debería llamarse justamente tomar las riendas de la propia vida.

Benito no sabe qué responder. Calla (parece que otorga) y me mira con gesto bobalicón. Su compañero de caja (tal vez el más sensato de la oficina) esboza una apenas sonrisa sin despegar los ojos de su monitor (tampoco es que hable demasiado. Ya os contaré de él). Entretanto, y antes de que ningún otro intervenga con cualquier necedad que desbarate lo gloria de mi pequeño triunfo, aprovecho y me voy camino de mi desayuno.

Tags: depresión, lunes, euforia, felicidad, desánimo

Publicado por xandeus @ 19:11
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios