S?bado, 20 de diciembre de 2008
No pretendo enseñar a nadie cómo comportarse en sus relaciones con la gente (líbreme el diablo de tal condena). No nací yo con vocación de educador, precisamente, y tampoco es mi ámbito de trabajo cotidiano el mejor escenario para poner en práctica mis presuntos métodos aleccionadores (qué sabrá un pobre chupatintas de estos temas&hellipGui?o.

Lo que sí se (son muchos años bregando con los demás en esta especie de proscenio teatral representado por mi oficina) es calibrar los diversos registros morales sobre los que se cimentan las conductas de los clientes con los me enfrento a diario. También las de mis compañeros (a veces, tan detestables como el peor de aquellos). Si aplicara sobre la amplia tipología de comportamientos observados en unos y otros una fuerte reducción, podría clasificarlos en dos categorías (perdonad el esquematismo, pero no os encontráis ante un sesudo ensayo): la de los humildes y la de los soberbios. Esto es fácil de entender. Balanceados todos nosotros con cada una de estas dos cualidades o actitudes, el platillo de la báscula se inclinaría inexorablemente hacia uno u otro lado, en virtud del influjo predominante que cualquiera de los dos rasgos  ejerciera sobre el carácter del individuo analizado.

Sentado lo anterior, ninguno de los dos modos de ser puede, a priori, considerarse peor o mejor que su contrario. Uno nace con unos determinados condicionantes y poco puede hacer para librarse de ellos. A lo más, suavizarlos, en función de la tendencia marcada como más apropiada por la sociedad en cada tiempo y lugar. Sin embargo, no son las etiquetas morales lo que me interesa resaltar, y sí la distinta valoración que ambas facetas de la personalidad pueden adquirir según qué situaciones. Es decir, en nuestro comportamiento social adoptamos una u otra actitud en clara dependencia con la postura mostrada por el otro (es el interlocutor realmente el que marca la pauta de nuestro carácter). Si este se presenta ante nosotros con ademanes humildes, lo más probable es que lo fustiguemos con nuestra arrogancia (qué fácil resulta ser lobo cuándo uno se mueve entre ovejas). Y si alguien nos arremete con su altanería, casi seguro que nos dejamos intimidar y actuamos de manera servil (qué útil resulta esconder el rabo cuándo un depredador merodea por los alrededores).  Esto es lo que suele suceder en mi trabajo (dicho, claro está, de mis compañeros. Yo observo otras reglas), lo cual dice muy poco de la integridad ética de sus hábitos. De tal modo, al pobre abuelo que se equivoca o evidencia signos de torpeza, le montamos un pollo y lo humillamos delante de la cola de clientes, mientras que al engreído de cuello estirado (ante la misma equivocación) le pedimos disculpas muy rastreramente.

Pues bien, lo ideal sería (digo yo) justo el modo de obrar opuesto. En lugar de emplear la soberbia como herramienta intimidatoria contra quienes no atentan contra nosotros, y la humildad como estrategia defensiva contra quienes sí lo hacen, sería preferible (y más digno, y más gratificante, y más motivador) tornear estas respuestas y mostrarse humilde con los humildes e insolente con los arrogantes. Sólo así lograremos manifestar la auténtica prueba de nuestro valor como personas.

Tags: soberbia, humildad

Publicado por xandeus @ 19:59
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