Mi?rcoles, 14 de enero de 2009
El despertador ha debido de sonar a su tiempo(como todas las mañanas, supongo).  Sin embargo, al abrir los ojos, he visto con estupor y cierto sentimiento de pánico (¿Por qué? ¿Acaso me estoy perdiendo algo interesante?) que el reloj marcaba las nueve con sus manecillas insobornables (¡las nueve¡ Dos horas más tarde).  De súbito, todo se pone a girar atropelladamente.  Salto al cuarto de baño. Me lavo la cara con dos restregones de toalla, me empapo de desodorante pies y sobacos, me miro los dientes (sólo los miro. Están limpios. No hay tiempo para más) y regreso al dormitorio (en esta ocasión enciendo las luces. Nunca lo hago. Mi mujer duerme).
    Mientras pienso en lo difícil que me va a resultar encontrar aparcamiento y en una excusa medianamente digna con la que justificarme ante mi interventor (llevo muy mal la sorna y mi jefe es bastante guasón),  me pongo los pantalones y me los quito (se me habían olvidado los calzoncillos), me remeto los faldones de la camisa y salgo a toda leche escaleras abajo.
    ─¡Apaga la luz¡ ─me grita una voz furiosa desde la cama.
    Vuelvo a subir las escaleras. Con las prisas, me lio las piernas en una trompilladura y arremeto contra el pedestal de madera que hay en el descansillo (ruido de tiestos rotos). Adiós al jarrón de porcelana de la suegra (es la única nota de alivio de esta mañana infernal. Era horroroso). Y adiós también a uno de mis dientes y a mi acendrada costumbre de chupar la cabeza de las gambas antes de liarme con el resto (al menos durante varias semanas, el tiempo que pueden tardar mis labios en recobrarse del trompazo contra el duro mamperlán de madera de iroko que cantea los peldaños).
    ─¿Es que tienes que armar tanto estruendo?...
    Detecto un tremendo enojo en el tono de su voz, aun la sordina impuesta por la modorra. Trato de contestar algo, pero no encuentro las palabras adecuadas. Tampoco me salen de la boca, abotargada por la sangre que fluye a raudales del labio superior y de una de sus comisuras.
    De nuevo acudo junto al lavabo (el espejo me devuelve un reflejo espantoso). De nuevo enciendo todas las luces, de nuevo trasiego con estrépito entre los cajones, de nuevo escucho las voces recriminatorias de mi esposa (que se joda. Peor lo estoy pasando yo).
    Finalmente (visto el lamentable aspecto que muestra mi boca), agarro un burujo de gasas y decido acudir al servicio de urgencias. Ya no necesito inventarme ninguna excusa que explique mi retraso. Bueno, no sé. Quizá, sí (pienso en la retranca de mi jefe). Mientras aguardo a que me atiendan, busco desesperadamente una causa nada propensa a comentarios zumbones entre mis compañeros de trabajo.
Publicado por xandeus @ 18:39
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