Lunes, 26 de enero de 2009
Además de Trini (ya la conocéis: la fashion mari de la maceta), tengo otros compañeros que me gustaría presentaros en sucesivas entradas de este diario. Hoy lo haré con mi jefe (esta palabra siempre me chirría en los oídos, causándome la misma sensación desagradable que un comentario injurioso). Ya estaba de director en la oficina cuando yo llegué. Alto, elegante, tirando a guapito y con ese ligero frunce despectivo en los labios propio de las personas que se sienten asentadas en un peldaño por encima de los demás (en la mayoría de las ocasiones esta percepción inflada de uno mismo responde más a una carencia que a una sobreabundancia de virtudes).

Sin embargo, no es su personalidad ni su carácter dicharachero y engreído lo que me propongo retratar aquí (uno, mayormente, es como es y no como quiere ser). Desde mi primer día de trabajo a sus órdenes, la peculiaridad que más me llamó la atención de su comportamiento fue las pocas que transmitía (instrucciones), y no era porque su disposición laboral fuese indolente o porque su capacidad de mando resultara del todo nula. No. Sus órdenes apenas nos llegaban (con cuentagotas diría yo) porque él casi nunca coincidía con los demás empleados de la sucursal durante el horario normal de trabajo (decía que iba por las tardes. Sí, sí&hellipGui?o. Bueno, allá cada cual con su conciencia. La verdad pura y muda era que los números le favorecían: saldos en progresivo crecimiento, caras primerizas entre la clientela, planes anuales de objetivos que se iban cumpliendo (a veces por los pelos, pero se cumplían), mayores cargas de trabajo… Él, mientras tanto, a su aire (un día sí, y otro también, nos quedábamos con las ganas de plantearle docenas de preguntas).

Una mañana, acuciado por una cuestión de urgencia para la cual requería de su preceptiva autorización, decidí llamarlo a su casa (a pesar de la tajante prohibición que nos tenía hecha). Las manecillas del reloj habían cruzado ampliamente la frontera de las diez. Me atendió su esposa. “No está. Se fue muy temprano. Hoy tenía que ver a un cliente en el pueblo de al lado… Está bien, si hablo con él ya se lo digo”. A los quince minutos entraba por la puerta. Su aftershave era tan fragante que parecía haber acabado de untárselo sobre su cara algo traspuesta aún a causa de la cercana presencia del sueño. En otra ocasión fueron los chicos de auditoría (siempre tan imprevisibles e importunos como un apretón de vientre) los que precisaron localizarlo. El asunto tuvo su miga. Habían concluido su visita de inspección (cuatro días emplearon en ella) y en todo ese plazo no habían podido hablar personalmente con él. En su casa tampoco nos contestó nadie. Mi jefe, entretanto (astuto como un avezado farsante) había estado llamando por teléfono a la oficina a lo largo de toda la semana (“quizá asome mañana. Hoy estoy muy liado. Esta promoción de los cojones me tiene harto&rdquoGui?o. Al final, el auditor y su ayudante tuvieron que dejarle el Acta de Constancia de Hechos sobre la mesa de su despacho (“que la firma y que nos la remita por correo interno&rdquoGui?o. Manolo (mi jefe. Poco más y termino sin decir su nombre) se incorporó el lunes siguiente con el mismo ánimo y la misma actitud que si sólo hubiese transcurrido una jornada desde su última aparición por la oficina. Él es así. Jamás concede demasiadas explicaciones de sus actos (posteriormente me enteraría de que se había tirado una semana de vacaciones en compañía de un ligue con la excusa conyugal de que tenía que realizar un cursillo en la capital. Con todo el morro).

Pues este tipo tan pintoresco es el director de mi centro de trabajo. A fecha de hoy no ha cambiado mucho (nada, me atrevería a decir). Su mesa prosigue igual de vacía: un portabolígrafos, un calendario de metacrilato, tres bateas apiladas de plástico que sólo acumulan polvo, y el conjunto informático de rigor. Después de quince años y pese a este aparente absentismo, su tarea debe estar ejercitándola de manera eficaz (de lo contrario, ya lo habrían destituido).

Por otra parte, nosotros ya nos hemos acostumbrado a su ausencia permanente. De alguna manera, la preferimos (por muy confraternal y tolerante que sea un jefe, a la larga siempre termina fastidiándola). Al principio nos costó adaptarnos a esa falta de liderazgo. Dado que no podíamos recurrir a las directrices de su criterio, tuvimos que solventar sobre la marcha situaciones para las que no nos habían adiestrado (algún cliente enojado y alguna que otra crisis de ansiedad han sido las consecuencias). Poco a poco, no obstante, hemos ido supliendo su figura (transpersonalizándola, de hecho), sus facultades y atribuciones. Firmar unos cuantos documentos de índole interna o pública es casi el único pretexto que aún le obliga a personarse en la oficina al menos durante dos veces a la semana. En fin, los restantes siete elementos que componemos la plantilla (por la propia dinámica de los días) hemos terminado funcionando como una especie de comunidad autogestionada. Cada uno configura un islote autosuficiente en el ámbito de su parcela de trabajo (estoy siendo muy generoso con Trini), contando además con recursos para desenvolverse con cierta soltura en las del resto. Ninguno creamos problemas a los demás, la solidaridad fluye de modo espontáneo, el interventor no existe (al menos funcionalmente. En esto ha seguido el ejemplo de su inmediato superior y se ha quitado de en medio) y, aunque este buen clima laboral no se ha traducido en unas relaciones interpersonales más íntimas fuera del espacio y de la causa que nos congrega (aspecto que, a lo mejor, no es deseable), hemos conseguido que las siete forzosas horas de trabajo de la mañana transcurran a toda prisa y sin estridencias (poco más que un paréntesis diario en nuestras vidas. Una suerte de limbo del que salimos sin rasponazos ni menoscabos emocionales).

Mi pregunta: ¿Qué haría falta para extrapolar este modelo de funcionamiento al resto de la estructura piramidal de la empresa, de la nación, del mundo entero?...

Tags: jefe, utopía, autogestión

Publicado por xandeus @ 18:35
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