Martes, 03 de febrero de 2009
Sigo sin atreverme a mirarla con franqueza (un simple choque de miradas puede llevar consigo consecuencias imprevisibles, o lo que es lo mismo, una sencilla chispa puede devastar un extenso bosque milenario o convertir en piltrafa la imagen de prudencia y de mesura que uno ha cultivado a lo largo de cuarenta años). Viene casi todos los días para ingresar el importe de las ventas realizadas por la perfumería en la que trabaja durante la jornada anterior.  Nada más entrar, se acerca con un extremado candor hasta el último de la fila y le pregunta si es el último. Después extiende grácilmente hacia un lado una de sus piernas (siempre enfundadas por vaqueros muy ceñidos) y se deja sostener por la otra. Me gusta la postura que adopta, el perfil suave y delicado de sus rasgos, las curvas voluptuosas de sus nalgas (en ese punto la tela parece que fuera a reventar, incapaz de sujetar por más tiempo tanta exuberancia), el aire distraído y soñador que se agita bajo sus pestañas y el aroma a fruta recién sazonada que imagino emanar a través de todos los poros de su piel de rosa.

Llegado a este momento, todo se confunde en mi cabeza. Me vuelvo torpe, la saliva se me seca en la boca, balbuceo con el cliente que, atónito, me mira con gesto de estupor desde el otro lado de la mesa; las ideas se nublan en mi entendimiento (ella ha conseguido eclipsarlas totalmente) y el ritmo acalorado de mi corazón hace destilar finos hilillos de sudor alrededor de mi pecho. No sé si continuar atendiendo (presumo que mi aspecto debe resultar patético) o si desnucar mi pasión enfebrecida bajo el chorro de agua fría del lavabo.

Y la cola que no avanza, y ella que continúa allí, a un par de metros frente a mí, impasible y distante como una náyade esculpida en la pared de un acantilado. Quisiera que la realidad se espesara en torno a nosotros dos, aislándonos del resto mediante un bastión infranqueable.  Quisiera que el tiempo dejara de latir y que ese instante se tensara lo suficiente como para que, al final, una mirada suya bastara para derretirme con un gozo viscoso y enloquecedor.

De repente, alguien me sacude el hombro (el compañero de caja cree que me ha dado un aire), mientras que, desde otro extremo, el teléfono no deja de zumbar con su chirrido siempre importuno y desencantador.
Se rompió la magia. Cuando retorno a la normalidad, ella ya no está.

Tags: seducción, voluptuosidad, sofoco, gozo

Publicado por xandeus @ 20:02
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