Viernes, 06 de febrero de 2009
Si no arrastrábamos en nuestro oficio ya suficiente estrés y ansiedad desde el inicio de esta ya larga y pegajosa crisis financiera (provocada por las malditas hipotecas basura de los putos USA), van y destapan hace pocas semanas un nuevo escándalo, el del tal Madoff (otra vez originado en el mismo sitio de antes. Da que pensar. Acaso los bajos del Imperio no sean más saludables que las cañerías de una pestilente y colosal cloaca).
Escuché la noticia en el informativo de esa noche y, de inmediato, me volqué sobre la pantalla de mi ordenador para indagar en Internet cualquier información publicada al respecto (no quería que los clientes me cogieran desprevenido a la mañana siguiente). Esta labor de investigación y de análisis crítico debería corresponderle a mi empresa. Alguien, desde algún departamento de los Servicios Centrales, tendría que ocuparse de tales menesteres, de tal modo que, a primera hora de esos días que se sabe de antemano que van a ser críticos, nada más arrancar mi puesto de trabajo, yo dispusiera de una batería de datos con la que contrarrestar las previsibles interpelaciones de los clientes. Desgraciadamente los hechos no se desarrollan de esta manera.  Nunca ha sucedido (incrustados en nuestras trincheras,  sin más pertrechos que un viejo fusil sin apenas munición y la astucia para eludir el peligro que cada quisque ha sabido procurarse con los años o con su talento innato, somos los empleados destinados en la primera línea de combate los que debemos repeler las agresiones del enemigo y mantener la posición intacta).
Esa noche me acosté tarde y me  costó conciliar el sueño. Me temía lo peor cuando me incorporara al trabajo (la gente ya anda demasiado resquemada tras los acontecimientos precedentes y el chorreo diario de noticias relacionadas con la banca, y el dinero es tan asustadizo y pusilánime como el cuerpo blando de un caracol). Afortunadamente, la mañana no se presentó como yo recelaba. Todo se desenvolvía con la normalidad de otras jornadas (se ve que mi clientela, insensibilizada a los mensajes de alarma como aquel grupo de pastores del cuento del lobo, hace caso omiso a cualquier tipo de comunicación que entrañe un peligro. En este caso para su bolsillo). Hasta eso de las diez y media.
Se acercó a mi mesa con la misma actitud de tímida reserva de otras ocasiones. Se trataba de José, un cliente de toda la vida, anciano, poco dado a causar problemas y con unos cuantos miles de euros depositados en una cuenta a plazo.
─Buenos días, José. ¿En qué puedo ayudarle? ─le digo sin sospechar el motivo de su visita.
─Vengo a llevarme el dinero ─me responde a bocajarro y con voz fría y resolutoria.
Yo, que aún no consigo atisbar su verdadero propósito, intento aclarar qué desea realmente. A José le cuesta expresarse y transmitir sus pensamientos. Parco en palabras, da por supuesto que los demás debemos conocer sus intenciones.
─¿Pero qué dinero?... ¿El que tiene a plazo?... ¿Le ha ocurrido algo?...
Pregunto y pregunto sin dejarlo contestar, mientras trato de recomponer una defensa sólida (al encontrarme con su mirada, he vislumbrado una sombra de temor agazapada en el fondo de sus ojos húmedos, y he comprendido de inmediato cuál es la naturaleza que se abate tras su desasosiego).
─Mi mujer me ha dicho que lo saque todo ─responde con la misma entonación decidida y metálica de antes, como si se limitara a soltar frases aprendidas de memoria─.  Y mis hijos también. Dicen que los bancos no son seguros.
─Pero José, eso que me está contando no tienen ningún sentido. Lo que ha sucedido en EEUU no nos afecta a nosotros ni al producto en el que usted tiene invertidos sus ahorros. Bueno, a un par de bancos les ha tocado de refilón, pero poco más. Piense que se trata de una estafa como tantas otras. Lo malo de esta es que se ha destapado en el peor momento, justo cuando acababan de tranquilizarse los ánimos después del estallido de la crisis.
─Es que mis hijos dicen…
No termina la frase. Se queda indeciso. Parece que se le hayan olvidado el resto de argumentos con el que lo habían aleccionado antes de salir de su casa. Está pasando un mal trago. Los sé. Se encuentra incómodo. Primero porque, por sí solo, no es capaz de tomar ninguna determinación (demasiado apocado para hacerlo, a pesar de su complexión vigorosa y espigada), después porque le habían dado instrucciones claras de cómo actuar y estas han comenzado a desvanecérsele ante mi reacción, y, por último, porque siente que con su comportamiento está traicionando de alguna forma la cordial relación que mantenía conmigo (más que con el banco. Siempre lo he tratado bien. Con afecto). Yo, por mi parte, no puedo hacer otra cosa que procurar disuadirlo de la drástica decisión que ya traía tomada (me pagan por evitar perder clientes). Y para ello no recurro a ningún razonamiento mendaz o capcioso. Jamás buscaría socorro en ese tipo de artimañas (y menos con un pobre y desvalido abuelo).  Por consiguiente, creo absolutamente en todo lo que le digo (no lo haría en el caso contrario), como que el sistema financiero constituye los cimientos de la economía y que, si estos se resquebrajan, se viene abajo el resto de la estructura; que, ante una contingencia semejante, los Estados (como ya se ha visto en otros países) saldrían a garantizar la estabilidad de los bancos, que si… José, un tanto aturdido por mi verborrea, me replica con resignación
─No, si ya me lo había dicho mi mujer: seguro que te lían otra vez, lo mismo que antes,  y te convencen para que no lo saques.
En fin, ya lo decía antes. Una parte esencial de mi trabajo consiste en transmitir confianza.

Tags: confianza temor alarma

Publicado por xandeus @ 17:46
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