Martes, 17 de febrero de 2009
No puedo evitarlo. A veces  me involucro en exceso con los problemas de la gente que se sienta ante mi mesa (será que tengo vocación de confesor o de misionero,  y no me quedo en paz conmigo mismo hasta que no consuelo sus penas o les resuelvo los problemas que me plantean). Seguramente será esa la razón que lleva a muchos de los clientes a esperar a que sea yo el que los atienda, aun estando libres otros compañeros (incluso son capaces de dejarlo para el día siguiente si la tardanza se alarga).

Semejante grado de condescendencia me apareja ciertos inconvenientes. El de estar siempre atareado (por ejemplo), mientras los papeles se  me amontonan (ordenados, eso sí. No como Beni) y los demás consumen sus ratos muertos fumándose un cigarrillo tras otro en la puerta o inflándose a cafés (hasta eso de las doce. Luego de esa hora le toca el turno a la cerveza. “Que voy al banco tal, que voy a la Notaría, que voy a Correos…” Mentiras  que conocemos en la oficina porque todos recurrimos con demasiada frecuencia a ellas, y siempre con el mismo fin: salir a la calle a por lo que sea, pero escapar durante unos minutos de la onerosa rutina del trabajo).

Sin embargo, ya lo decía al comienzo: no puedo evitarlo. Las dificultades o los pesares de la gente me conmueven. Procuro que nadie se vaya de  mi mesa sin que no le haya solucionado antes el motivo de su visita. Me importa poco que esté directamente relacionado con su vinculación como cliente o no (ignoro qué consigo con esa atención extra a la que nada me obliga. No creo en la generosidad desinteresada, luego&hellipGui?o. No obstante, debo hacer una precisión. Las personas con las que más me vuelco son aquellas que me parecen más desprotegidas, vulnerables, desinformadas e indefensas (viejos, gente común que se pierde en los entresijos del mundo financiero y de la burocracia administrativa, mujeres de cierta edad que nunca han pisado un banco y que, al quedarse viudas, deben resolver todos los problemas que antes controlaba el marido con excesivo celo...). Acaso busco en todas esas buenas gentes la satisfacción del deber cumplido (pero es que nadie me ha impuesto esa obligación. Sólo yo), o quizá sea el deseo de reconocimiento social que late en el fondo de la conducta de todos los individuos y los mueve a labrase en torno a ellos un pequeño universo en el que sentirse idolatrados (me extraña en mí. Me considero un ser huraño que no necesita de las relaciones humanas para alcanzar su bienestar emocional)…

No sé. Puede que sólo se trate de la vena megalómana y demiúrgica que palpita en algún rincón perdido de mi alma y que me impulsa constantemente a resolver cualquier asunto que me presenten para demostrarme a mí mismo y a los demás que lo puedo todo (o casi), y que ese sentimiento de superioridad que oculto en mi interior, y que difícilmente trasluzco, es cierto y verdadero (reíros si queréis, pero estoy convencido, intuyo, sé con una clarividencia imposible de constatar que una fibra de mi ser, pequeñísima, embozada tras la invisibilidad y apenas real , ha sido impregnada con el agua de vida de la que beben cada tarde los dioses al regresar de su paseo desde el mirador en el que observan las evoluciones de este mundo. ¿Acaso cualquiera de ellos se mantendría impasible ante el dolor o la tribulación de una de sus criaturas, aun la infinita distancia que los separa de ellas?&hellipGui?o

Estoy desbarrando, lo sé. Me pasa siempre que miro al cielo y me entristezco al meditar lo lejos que me encuentro de mi verdadero hogar.

Tags: compasión, misionero, reconocimiento, megalómano, dios, hogar

Publicado por xandeus @ 17:58
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