Mi?rcoles, 25 de febrero de 2009
En varias ocasiones (clientes y compañeros) me han sorprendido mientras miraba embobado el cuerpo angelical de la joven dependienta. Cuando entra, todo mi abultado y renuente aparato racional se queda entumecido ante su sola presencia (al verla, me quedo petrificado, como una montaña que escondiera entre lo más hondo de sus cimientos un volcán… que nunca llega a explosionar). A veces parece querer buscarme nada más llegar, o cuando yo no la observo, pero otras, presiento que me esquiva, que me ignora como si jamás me hubiera visto, que se gira con desaire cuando giro la cabeza en busca de su contacto (indiferente y distante como una diosa sobre su pedestal).
Sí, es cierto, también han llegado a encontrarse nuestros ojos. Pero sólo en tres o cuatro veces (si recuerdo bien, y creo que sí lo hago. ¡Cómo para olvidarse¡Gui?o. De ninguna de ellas guardo una sensación clara del propósito que la ha llevado a interesarse por mí, o de las impresiones que le hayan podido suscitar tales encuentros (si es que una mirada ocasional puede considerarse un acercamiento).  Yo conozco perfectamente mis sentimientos, pero ¿y los de ella?...

En nuestra primera conversación (visual, claro), fue ella quien, al volverse hacia un costado mientras esperaba en la cola de la ventanilla, me pilló contemplándola con arrobamiento (puede que transcurrieran cuatro o cinco segundos de intensa llamarada. La primera, la que logró encender el fuego que hoy me devora). En el segundo encuentro fui yo el que la sorprendió observándome. Estaba inclinado frente a una vieja máquina de escribir (ya casi en absoluto desuso), cuando, al erguirme para regresar a mi puesto, sentí que alguien tenía sus ojos clavados en mi espalda (me miraba desde el mostrador de caja). La tercera vez también volvió a ser ella la que me cogió persiguiéndola con la vista mientras se alejaba con dirección a la salida. La cuarta y última hasta la fecha (cuatro ocasiones en tres enfebrecidos meses) acompañaba a su abuelo a cobrar la pensión (a él lo conozco. La próxima vez que acuda a mi mesa podría preguntarle acerca de su nieta: cuántos años tiene, si la sigue algún novio o si es huérfana. Huérfana… no sé, me da esa impresión. Qué delicia si lo fuera. Poder cuidar de ella, convertirme en una especie de segundo padre. Ya podría serlo por edad. Y ella mi hija. Una hija adoptiva a la que querría con la efervescencia y la devoción de un amante). Llevaba puestas ese día unas gruesas gafas de sol, pero, incluso a través de sus cristales opacos, pude percibir la viva luz que se desprendía de sus ojos, y el lugar exacto al que estos apuntaban.

A veces estoy tentado de levantarme y seguirla cuando se marcha, y abordarla en la acera y confesarle mi secreto y decirle que soy un cadáver ambulante si ella no siente por mí lo mismo que yo siento, y envolverla con una oleada de amor y esperar con ansiedad mortal a que confirme todas mis ensoñaciones de adolescente ya maduro, tocándome siquiera con un roce fugitivo la piel en ascuas de mis manos, y quedar para vernos esa misma tarde (hasta las tantas) y las siguientes y todas los días mientras vivamos, y juntarnos tanto que ovillemos un mismo capullo en el que fusionar nuestras almas hasta convertirlas en una única y misteriosa y etérea mariposilla de luz que habrá de viajar toda una eternidad por los meandros del universo hasta hallar la imperceptible abertura que los conduzca finalmente hasta el otro lado de la vida.

Otras veces, en cambio (las que más), me repliego en mi caparazón, terriblemente horrorizado por el ímpetu de mis deseos. Pienso en mis años y en los de ella (casi una cría), pienso en mi esposa y en que estoy casado, pienso en que, de ser posible nuestro amor, tendría que romper con toda mi anterior vida y empezar de cero, pienso también en que no puedo negarme el derecho a ser feliz ni la posibilidad de procurarle esa misma felicidad a otra persona, pienso en que soy un cobarde, pienso en que debería dejar de mirarle con tanta insistencia si nunca voy a dar el siguiente paso (el decisivo), pienso… pero ¿cómo te atreves a pensar, mentecato, cuando levantas la cabeza y aparece ante tus ojos una criatura que sólo puede haber sido engendrada por la espuma del mar al batir sus olas sobra la arena solitaria y esponjosa de una playa que jamás ha hollado nadie? No pienses tanto y actúa. ¡Haz algo de una puñetera vez en tu vida¡ ¡YA¡

Tags: miedor, amor, noviazgo, angelical, amante

Publicado por xandeus @ 19:29
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